Adelante y sin prisa

Imagen: Pixabay.

 

Trepada a mi cuello

amorenado,

retengo tu dócil cintura.

¡Qué delicia!

¡Cuánta dicha!

 

El calor de nuestros cuerpos

engendran

la sonrisa sustanciosa,

la tierna comunión,

la aureola del encanto

y

la esperanza de un sólido

romance.

 

¡Oh, sí!, el amor,

el amor como tifón,

como huayco indetenible,

como talismán

de la paz anhelada.

 

Pulidas las bases

del mutuo conocimiento,

escribamos, paso a paso,

un legible 

relato real.

Con las lecciones comprendidas 

de penosas tempestades

y

la pasión huracanada

del impulso

juvenil.

Catracha mía

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Catracha mía,

el desafío de trazar unos cálidos versos para ti,

resulta muy complejo.

Pese a ello, haré mi mayor esfuerzo.

¿Qué más puedo decir de ti, espigada muchacha del paraguas plomo?

¿Qué más puedo decir de ti, hija adoptiva de la movida madrileña?

¿Qué más puedo decir de ti, diligente letrada con chispazos poéticos?

Albo rostro embellecido por tu garbo y discreción.

Tu engalanada aparición urbana impulsó la escritura

de este poema.

Nos conocemos virtualmente.

Sin embargo, parece que compartiéramos piso en el

ensoñador Barrio de las Letras.

Cuídate mucho, chiquilla mimada,

que alguna mañana, la furia calorífica

u otra histórica nevada,

nos engarzará.

Una buena conversa con Cecilia Curbelo, novelista uruguaya

Cecilia Curbelo es una arrolladora bestseller de la literatura uruguaya. Nació en Montevideo hace cuarenta y cinco años. Empezó a escribir relatos cortos a los seis y desde entonces no ha abandonado el bolígrafo. Se licenció en Ciencias de la Comunicación Social con énfasis en Comunicación Organizacional por la Universidad Católica del Uruguay. Es autora de la multipremiada serie Decisiones, compuesta por cinco novelas: La decisión de Camila, Las dos caras de Sofía, La confesión de Micaela, La otra vida de Belén y La búsqueda de Lucía. Su escritura escruta las andanzas y vicisitudes que afrontan los adolescentes de hoy. Lo que Natalia no sabe es su última novela que, desde el pasado tres de agosto, relumbra ante los ojos de sus lectores. Página de Amazon con todos sus ebooks: amazon.com/author/ceciliacurbelo.

1. A Chéjov se le atribuye esta frase: “La medicina es mi esposa legal; la literatura, mi amante. Cuando me canso de una paso la noche con la otra». Usted, ¿en qué estado civil sitúa a la literatura?

Bueno, se ve que Chéjov era infiel… (risas). Yo, por el contrario, soy fiel, por lo tanto la literatura es mi esposa y amante a la vez.

2. Se ha hablado y se ha escrito peyorativamente sobre la literatura comercial, ¿cómo se lucha contra eso?

No creo que haya que luchar. Es perder energía y tiempo. En todo caso sería positivo definir claramente qué constituye la “literatura comercial”. La definición parece variar de acuerdo al emisor. Hay quienes consideran “comercial” aquello que se produce con puros fines económicos, otros aquello que “vende” mucho, otros aquello que supone meramente entretenimiento sin adentrarse en aspectos más complejos, otros aquello que tiene como empuje una campaña de marketing… Entonces, detenerse a analizar primero a qué nos referimos con literatura comercial es esencial. Por ejemplo, a priori puedo estar de acuerdo en que no es lo mismo un libro que saca el Youtuber de moda a uno que publica un autor de novelas históricas. Pero, para poder opinar, debería leer lo que escribió el Youtuber, a lo mejor me llevo una sorpresa. ¿Es malo que un Youtuber publique? Creo que si ese negocio sostiene económicamente a una editorial y le permite publicar otros textos con menos chance de ser vendidos masivamente, se podría ver con benevolencia. Además, tampoco podemos medir a todos con la misma vara. Siguiendo con el ejemplo de los Youtubers, están aquellos que ni siquiera saben qué hay escrito en su libro, porque lo hizo un ghostwriter contratado por la editorial, y están aquellos cuyo sueño siempre fue escribir y lo hacen bien. En todo caso, si esa es la forma para que muchos “no lectores” comiencen a encontrarle el gusto al libro, bienvenido sea. No podemos plantarnos en una posición de condescendencia creyendo que los que leen determinados textos son menos inteligentes, carecen de capacidad analítica, o son meros títeres movidos por el aparato marketinero. Esta postura constituye una posición altanera y de menosprecio a la inteligencia y a la capacidad del otro. Un libro con un excelente marketing, puede venderse muchísimo. Pero te aseguro que si el libro es malo, no hay una segunda oportunidad. Al siguiente libro que publique ese autor, por más marketing que le haga de soporte, no lo vende.

3. ¿Qué opinión le merece los críticos literarios?

La misma que me merece los críticos de cualquier otro rubro. Se me viene a la mente el crítico gastronómico. ¿Quién puede afirmar que aquello que no le gustó, no me irá a encantar a mí? Por más que esa persona haya estudiado sobre combinaciones, aromas, texturas, etcétera, relacionadas a la gastronomía, el momento de la verdad es cuando yo misma me llevo el bocado a la boca y lo saboreo. Solo entonces sé si lo que estoy comiendo me genera placer, rechazo o me da igual, porque lo que experimento es personal e intransferible, como lo es el arte en todas sus formas. El paladar del crítico es “su” paladar. El mío, es el mío. Y, en un aspecto aún más personal, no me sentiría a gusto siendo esa persona que se gana la vida hablando acerca del trabajo o el arte de otro. Me siento más feliz, más plena, siendo aquella que crea, que se arriesga, que “hace”.

4. ¿Cuál era la realidad literaria uruguaya antes de la pandemia?

Uruguay es un país muy lector y con una excelente producción: es el país que registra la mayor cantidad de solicitudes de ISBN per cápita en todo el continente. Así que tenemos una buena producción y un buen número de lectores. Pero como sucede en todo el mundo editorial las ventas han ido menguando, año tras año, en todos los géneros. No escapamos a la crisis. Y, por supuesto, tampoco a la crisis de la “nueva normalidad”. Porque aún no podemos hablar de post-pandemia.

5. ¿Qué está leyendo?

Soy una lectora compulsiva, que lee más de cien libros al año. Hace dos noches terminé “Secretos Ocultos” de Michael Robotham (a quien Stephen King ha llamado “el maestro absoluto del thriller psicológico”) y hoy estoy terminando “El día en el que todo cambió”, de Robin Morgan-Bentley, un escritor joven que debutó con esta novela y me está resultando muy atrapante. Soy una adicta al domestic noir. De este sub-género, no me pierdo los libros de Fiona Barton, Liane Moriarty, Charlotte Link, Paul Pen, Shari LaPena, Mary Kubica, Alafair Burke, Annie Ward, Megan Goldin, entre otros.

6. Si usted fuese directora de un liceo y contara con un vasto presupuesto, ¿cuál sería su estrategia para fomentar la lectura y la escritura entre los escolares?

Invertiría en multimedia y en teatro. Crearía salas donde, antes de presentarles un texto, viesen el booktrailer, o disfruten de una actuación relacionada al libro. Creo que tenemos que utilizar estas herramientas para acercarlos a la lectura. Son generaciones hiperconectadas que les cuesta pensar como algo atractivo un elemento que parece estático como el libro. Y digo “parece”, ¡porque los lectores sabemos que un libro es lo menos estático del universo! Pero ellos no lo saben. Los textos los trabajaría mediante un mix entre lectura y actuación, e incentivaría la creación de grupos de teatro que representen diversas escenas. Haría buzones virtuales anónimos con consignas mensuales, en los que pudieran opinar acerca de temas que les llegaron de cerca con la historia leída, problemáticas que necesitan hablar, y buscaría libros relacionados a sus realidades para intentar que empaticen con las vivencias a leer. Llevaría autores, organizaría encuentros por zoom y generaría concursos que abarquen tanto lo literario como lo artístico, relacionando los textos con diversas formas de arte: dibujo, comic, teatro, videos por tik-tok o la red de moda en el momento…

7. ¿Qué tanto han influido Susan Eloise Hinton y Mariana Furiasse en su producción literaria?

¡La verdad que nada de nada! ¡Es que recién descubrí a ambas autoras hace dos años! Para entonces, yo ya tenía publicada una docena de títulos. Pero debo decir que las dos son increíbles. Particularmente, disfruté muchísimo de “Rafaela”, de Furiasse. ¡Querría que siguiera publicando! Se necesita seguir ahondando en temáticas que importan y deciden sobre los adolescentes. Por eso, en mis libros siempre trato de cubrir algún área que siento que es de especial interés para la etapa de la pre-adolescencia y adolescencia, como el acoso escolar y cibernético (“La otra vida de Belén” o “A la manera de Agustina”), la pérdida de un ser querido (“Aunque él no esté”), la no idealización de un padre/una madre (“Aunque ella esté”, “Lo que Natalia no sabe”), la adopción, la violencia en el noviazgo (“La búsqueda de Lucía”), los desórdenes alimenticios (“La confesión de Micaela”), etcétera.

8. «Yo escribo simplemente para que mis amigos me quieran mucho y para que los que me quieren mucho me quieran más», solía decir Gabriel García Márquez. En su caso, ¿escribe para que los niños, adolescentes, jóvenes y los padres de estos la quieran también de esa manera?

¡No, no! Escribir para que te quieran, ¡nunca se me habría ocurrido! (risas). Yo escribo porque forma parte de mí. Escribo desde los seis años, como una terapia. De pequeña creaba historias. Siento placer cuando quien me lee sueña, viaja, se identifica, se enoja, vibra, sonríe, se lamenta, llora. Porque siento placer por el hecho de que alguien empatice, en un mundo en el que lo efímero marca el ritmo. Entonces, hacer que otro a quien no conocés se ponga en los zapatos de alguien más, es un granito de arena para que el mundo aspire a ser un sitio mejor. Estoy convencida que la lectura es una de las herramientas más potentes para desarrollar la empatía.

Descubriendo a Camila Urioste, escritora boliviana

Camila Urioste nació en La Paz, en 1980. Es comunicadora social por la Universidad Católica Boliviana. Ha cultivado la poesía, el cuento, la dramaturgia, la novela y el guion cinematográfico. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal, por Diario de Alicia (Plural Editores), en 2005 y el Premio Nacional de Novela, por Soundtrack (Editorial 3600), en 2017. 

En 2014, lanzó Caracol (Plural Editores), su segundo poemario. Cinco años después, publicó su primer libro de cuentos, titulado Cuerpos de Agua (Editorial 3600). Su obra poética y narrativa explora la migración, la identidad, el amor, el desamor, la amargura, la memoria, la precariedad, etc.

1. Camila, una de sus metas es vivir de la escritura. Si tuviera que elegir un solo género de los que ha cultivado para alcanzar ese objetivo, ¿cuál sería y por qué?

Creo que elegiría la escritura cinematográfica. En parte porque es a lo que estoy dedicada estos meses. En parte, porque encuentro que logro reunir en el guion cinematográfico lo que más me gusta de los otros géneros: los diálogos encendidos del teatro, la imagen poética de la poesía y el contar una historia de la narrativa. El cine fue mi primer amor, junto con la poesía, pero siempre le huí cuando tuve conciencia de que hacer cine implicaba, el 80% del tiempo, buscar dinero. Como soy pésima para buscar dinero, me dediqué felizmente a otros géneros. Pero este retorno al cine me ilusiona mucho.  

2. Así como Onetti, ¿Camila Urioste escribe para sí misma?

Sí y no. Sí, porque jamás me pregunto si a alguien le gustará lo que estoy escribiendo, si el otro entenderá mis chistes o atará los cabos, no me pregunto si el público querrá leer lo que escribo, ni escribo para ser “gustada”. Confío, y la experiencia me ha demostrado que es así, que si yo disfruto lo que estoy escribiendo, si es algo que me gustaría leer, si me río de los chistes y lloro en las escenas tristes, si yo logro atar los cabos, entonces alguien más lo hará, también. Y esa es una comunión muy especial, sobre la que está basada mi relación con el lector/espectador, y mis deseos de seguir escribiendo. No escribo para mí en el sentido de que no me importe ser leída, o no me importe la experiencia que tendrá el lector/espectador con mi escritura. Al contrario, me importa mucho su experiencia, pero la diseño primero para mí, y luego la comparto. La segunda parte es tan importante como la primera.  

3. ¿Qué le llevó a escribir poesía?

Escribo poesía desde que era niña. Mi padre era poeta, mis padres leían mucho todo el tiempo, y escribir era simplemente algo que se hacía en mi casa y que era valorado. Así empecé, supongo, por inercia. Luego, cuando era adolescente, mi abuela Marta me regaló un cuaderno de hojas lisas color crema, forrado en seda verde. Y entonces empecé a escribir para llenar ese cuaderno con poemas dignos de la hermosura del cuaderno en sí. Se volvió una especie de ritual. Y una forma de procesar eventos dolorosos de ese tiempo de transición hacia la adultez.    

4. ¿Toda novela tiene que empezar con una frase contundente, disparadora? 

He leído novelas hermosas que no empiezan así, sino que van construyendo hacia el primer disparo. Creo que nadie deja de leer tras la primera frase de una novela, le damos al escritor al menos un párrafo para atraparnos en su tejido. Y además, no creo en fórmulas. Pero es innegable que, cuando una novela comienza con una frase contundente y disparadora, es un placer total, y una enorme demostración de talento.  

5. ¿Cómo nació su relación con la dramaturgia?

Como no podía hacer cine porque era muy caro y muy complicado, encontré en el teatro una manera de contar historias y explorar muchas cosas que me llamaban la atención del cine. También coincidió con un momento histórico en Bolivia en los años noventa, en que el teatro dio un salto cualitativo enorme, y vi un par de obras de teatro que literalmente me cambiaron la vida. Entré a un par de talleres como actriz y estuve en un grupo de teatro del 2001 al 2004, y luego decidí relacionarme con el teatro ya no desde la actuación sino desde la dramaturgia.  Entre otras cosas, tuve a mi primer hijo a los 24 años, y ya no era viable para mi ir a ensayos de tres horas todos los días, así que la escritura dramática se volvió una manera posible de seguir vinculada al teatro. Escribir teatro es uno de los regalos más grandes que he tenido, me abrió puertas gigantes y me enseñó el valor de los trabajos colaborativos. 

6. ¿Cuál es su método para escribir cuentos?

No tengo uno. Mis cuentos no son realmente cuentos. Son narraciones breves que yo llamo cuentos porque no encuentro otra palabra realmente para denominarlos. Los últimos dos cuentos que escribí se construyeron a partir de vivencias muy fuertes a nivel social en mi país. En ambos casos, estuve unas semanas escribiendo sensaciones, imágenes, que me conmovían en relación al tema, y luego les di carne y una estructura narrativa fragmentada. En el caso de los cuentos que publiqué en el libro Cuerpos de Agua (Editorial 3600, 2019), algunos son obras de teatro transformadas en cuento, otros son prosa que alguna vez fue poema, otros son pedazos de novela truncada, y otros son textos cortos en prosa que dibujan fragmentos de una historia. Lo único que los une son algunos temas recurrentes, como la identidad, el sentirse extranjero, el linaje femenino, y el hecho de que, sea cual sea su origen, se han convertido en piezas completas en sí mismas, que juntas, en el libro, conforman un mosaico de significado.  

7. ¿Qué le hace falta a la literatura boliviana para ganar mayor presencia en América Latina?

No lo sé. Pero supongo que le falta lo mismo que a todas las demás artes en Bolivia, como el cine y el teatro: escuelas profesionales de formación creativa dentro del país, más lectores y espectadores, mejores canales de distribución, políticas de formación de públicos, y políticas de visibilización de nuestras artes y artistas a nivel internacional. Por ejemplo, en Bolivia no hay actualmente fondos concursables para que, si ganaste un premio en el exterior, puedas ir a recogerlo sin gastar tu propio dinero; no hay garantía de participación digna en ferias internacionales del libro; no hay fondos de promoción, creación, ni difusión de ninguna de las artes. Lo único que hay son premios. 

8. ¿Los premios literarios son estímulos y mochilas pesadas al mismo tiempo?

En Bolivia, sí he tenido esa sensación, aunque me parece que la situación ha cambiado mucho, para bien. Cuando gané mi primer premio nacional de poesía, a los 25 años, se sintió como eso, una carga. Hubo gente que me preguntó si yo realmente creía que merecía el premio, por ejemplo. Hubo gente que se dedicó a escribir columnas de opinión declarando que yo no lo merecía. Si te fijas en lo que digo en la respuesta anterior, de que en Bolivia no hay nada más que premios como política cultural, y que cada premio se lo lleva una sola persona al año, se entiende un poco el dolor, la rabia que sienten algunos cuando no ganan, o gana alguien que ellos o ellas creen indigno. Mi experiencia no fue la única; sé de otros autores que fueron agredidos y criticados por ganar premios, o por decir que los premios eran importantes. Es tan absurdo creer que alguien que gana un premio es superior a alguien que no lo gana, como fingir que los premios no son importantes o son un “mal necesario”. Es hermoso ganar premios. Ganar premios me ha abierto muchas puertas, y fue un alivio económico muchas veces. Me hace reír la gente que gana un premio y luego hace como que no le importa, o como que en realidad no lo quería ganar.  

Contigo, pero sin ti (II): FIL Lima virtual 2020

El aspecto friolento que mostró la FIL limeña, cambió, en buena medida, gracias a la intervención de Andrea Marcolongo. La aclamada ensayista italiana, contundente en su exposición, me embarcó en una mágica travesía por el estudio de la lengua griega, su exuberante riqueza y la instructiva mitología ateniense. Sus lúcidas palabras, nutridas de experiencia, calidez y profuso conocimiento, me embelesaron muchísimo. Tanto fue el nivel de encantamiento que, más allá del cansancio post trabajo remoto, reproduje, en más de una vez, el video de su presentación. 

Jhumpa Lahiri (Londres, 1967), Premio Pulitzer 2000, por su cuentario Interpreter of Maladies, levantó el velo de su afición por la lectura y el fatigoso oficio de escribir. Jhumpa comenzó examinando, meticulosamente, el diseño de los cuentos. Del mismo modo, trataba de comprender los mecanismos del género breve. También braceó en las indomables aguas de la poesía. Pero no en la poesía actual, sino en los poemas homéricos.  

En cuanto a la escritura, Lahiri cuestionó esta actividad. La inseguridad la embistió en varias oportunidades. Le parecía chocante cruzar el umbral del rol de escritora. Asimismo, llegó a pensar que no tenía nada importante que compartir con el lector. Afortunadamente, supo sortear esos angustiantes escollos y apretó, a fondo, el acelerador de la palabra escrita, tanto de ficción como de no ficción. Además, enfatizó en la tarea del escritor de absorber la lectura, en la consistencia, en la integridad de sus relatos.

Por otro lado, la feria coincidió con el centenario del natalicio de María Isabel Granda Larco. “¿Quién es esa señora?”, se preguntarán algunos de ustedes, un tanto extrañados, confundidos. Pues, me refiero a la universal Chabuca Granda. En sentido homenaje, y sin el congelamiento de la transmisión, su hija, Teresa Fuller, presentó Cantarureando canterurías: cancionero y letras inéditas, texto que aglutina la obra absoluta de una de nuestras excelsas compositoras de bandera.

Las invenciones provenientes de la costa, sierra y selva también tuvieron sus espacios. Insuficientes, desde luego: literatura de los Andes, narraciones amazónicas, nuevas voces y el recital de poesía en lenguas originarias: quechua y machiguenga. Pequeñas rebanadas del jugoso manjar creativo que se prepara, en silencio, fuera de las fronteras del cenáculo literario limeño. Muralla que impide una mayor visibilidad de las creaciones artísticas, por ejemplo, de José Lalupú (Piura), Gina Gogin (Arequipa), William Guillén (Cajamarca), Judith Huiza (Huancavelica), Carlos Cabrera Miranda (Cajamarca), Haydith Vásquez (San Martín) o Godeardo Orbe (Loreto).

Honestamente, sentí que había acompañado a la FIL, mediante la audición de determinados conversatorios de fructuoso aprendizaje. Sin embargo, la entraña libresca, el espíritu alegre del magnánimo evento, nunca habitó en mí. A ello obedece el melancólico título de ambas crónicas.

Contigo, pero sin ti (I): FIL Lima virtual 2020

Cualquier persona que leyera el título de esta crónica, quizás, me diría: “César, ese título parece una contradicción, cámbialo, mejor”. “No, no lo es. Y te voy a explicar por qué”, le respondería con blindada contundencia, elevando el dedo índice, como quien se dirige a la masa sobre una tarima embanderada. Entre el 21 de agosto y el 06 de setiembre se realizó, bajo la glacial virtualidad, la XXV Feria Internacional del Libro de Lima 2020 (FIL). En pocas palabras, una feria transmitida mediante una laptop o un smartphone. El clímax de la atipicidad, la naturalización de lo anómalo. 

Adiós a las siete visitas ansiosas, adiós a los faraónicos stands de los imperios editoriales, adiós a los puestos acogedores de las editoriales independientes, adiós a los establecimientos de los países que, año tras año, son invitados, tales como Chile, Uruguay, Italia, etc. No hubo churros de cuatro soles (¿muy carito, no?), ni libreros de confianza que, de manera bastante generosa y desoyendo las instrucciones de sus jefes, le aplicaran un mayor descuento al libro de mi elección. Ni siquiera me corté un pedazo de piel revoloteando novelas de los olvidados del boom.

Tampoco salí del recinto con las uñas ennegrecidas luego de buscar, sin desmayo, la antología cuentística que tanto quería. Interpreto las ferias de libros como dulces encuentros impregnados de alborozo y vívida libertad. Sin embargo, dada la peligrosa coyuntura sanitaria imperante, sólo hubo clic acá, clic allá y clic acullá. De lejitos, estamos bien. ¿Te dijeron eso alguna vez? La participación de Portugal, como país invitado de honor, quedó cancelada. El espacio fue ocupado, en parte, por nuestra variopinta, pero infravalorada, riqueza cultural. 

Del otro lado de la pantalla escuché, a veces con fallas de conexión, a una pléyade de autores y autoras nacionales e internacionales de acreditada calidad: Mario Vargas Llosa, Nélida Piñón, Marco Martos, Megan Maxwell, Jorge Eslava, Fernando Savater, Andrea Marcolongo, Juan Villoro, Victoria Guerrero, Rodrigo Blanco Calderon, Jhmpa Lahiri, Felipe Restrepo Pombo, Sabrina Duque, Jesús Marchamalo, Nicole Krauss, Leonardo Padura, entre tantas otras plumas resplandecientes.  

Claudia Salazar, narradora peruana radicada en Estados Unidos, presentó Pachakuti Feminista, una antología de ensayos escritos por diecisiete voces desde la perspectiva del vasto movimiento social que busca la igualdad entre hombres y mujeres. El libro recorre el arte, la historia y el derecho. Luego se posa sobre la actividad cinematográfica y emprende vuelo alrededor de la literatura, el activismo, la escritura, el lenguaje y el periodismo. La antología lleva una dedicatoria a Patricia de Souza, ensayista ayacuchana que perdimos, físicamente, en octubre pasado. 

Eduardo Sacheri, uno de los escribidores contemporáneos más futboleros del continente, presentó Lo mucho que te amé, su novísima novela. Además, expuso sobre las técnicas narrativas empleadas para montar la estructura de su texto. Claudia Piñeiro, dramaturga argentina y una de las cabezas visibles de la iniciativa por el aborto legal en su país, presentó y diseccionó su más reciente novela: Catedrales.

Me quité el sombrero ante la enfática disertación de Darío Sztanjszrajber acerca de categorías como la comodidad existencial, la otredad, la deconstrucción, el poder, la idea controvertida de que somos dueños de nuestro deseo y la auscultación de los sentidos más recónditos del ser humano. Fue tremendamente enriquecedor. 

Pero esta crónica no culmina aquí. ¡No, no, no! Iré por un tarro de leche condensada, la beberé con lentitud y los dejo con la exasperante intriga tintineando al interior de sus cabezas.

Es complicado

Lejanía

Imagen: fomentoenvivo.wordpress.com

 

Mi propio perímetro es tan importante como mi propia opinión.

Tus ácidos juicios sobre mi actitud distante los entiendo,

pero no los comparto.

No te ofendas, por favor.

La honestidad siempre ha sido mi máxima, ¿o ya se te olvidó?

Mis nuevas obligaciones han incinerado mis viejas costumbres.

Mi trabajo oficinesco y los avatares de la convivencia atosigan mis horas.

Sabes que te estimo,

sabes que te admiro,

sabes que valoro tu espléndida compañía.

Pero reencontrarnos bajo el alero de este panorama tan disímil

es complicado,

es complicado.

 

Un niño de mundo

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Imagen propia

Descarnada, deslumbrante, conmovedora. Así podría calificar la prosa del escritor brasileño Jorge Amado (Itabuna, 1912 – Salvador de Bahía, 2001) plasmada en Memoria de un niño, pequeño pero revelador libro que retrata todas y cada una de sus vivencias infantiles en medio de la violenta selva bahiana. Violenta por la atemorizante presencia de sicarios rurales, violenta por el macabro susurro de las enfermedades tropicales, violenta por el accionar represivo de la Policía Militar. Otro aspecto destacable es la meticulosa descripción del ambiente materialmente precario que siempre rodeó al autor. Fundamental para la cimentación de su propia personalidad.

Además, en sus cincuenta y siete páginas se aprecia la conquista progresiva de amplios espacios de libertad. Sus andanzas por la playa de Pontal, el descubrimiento del universo prostibulario, la intensidad del primer amor, las provechosas aventuras a lado de su desenfadado tío Álvaro, la estrecha cercanía que mantuvo con los desposeídos y la descollante aparición de la escritura constituyen, a todas luces, muestras irrefutables de ello.

Memoria de un niño es un texto de rápida lectura que irradia nostalgia, dulzura, y por momentos, cierta desesperanza. Es una fuente de hondo aprendizaje de la vida.

Y sonó la campanita

Doy gracias a Dios por haberme dotado de una muy buena memoria. Disculpen si derrocho cierta arrogancia con semejante afirmación. Pero se trata de un hecho fácilmente comprobable por cualquier persona. Recuerdo, sin dificultades, una gama de acontecimientos felices e infelices ocurridos desde 1993. También evoco las frases altisonantes, los rostros variopintos, los colores primarios, la esplendorosa geografía norteña, el cautivante paisaje serrano y las fechas conmemorativas. Una de esas fechas es el viernes 31 de octubre de 2014. Día en que obtuve, tras casi dos horas de adrenalínica sustentación, mi título de abogado. Un pequeño pero significativo cartón crema, cuyo contenido condensa el esfuerzo desplegado durante toda mi etapa universitaria.

“Puta, huevón, tienes que ir a los grados. Ahí vas a ver como jode el jurado”, me aconsejó un noble amigo de talante campechano. De inmediato, tomé dichas palabras como una indudable señal de peligro, y asistí, imbuido de gran curiosidad, a una docena de exámenes orales. Después de saludar a la patota que solía encontrar en los pasillos, observaba los gestos nerviosos del bachiller de turno y el de cada uno de sus familiares. Hice lo mismo con el enamorado o la enamorada que acompañaba a la eventual víctima académica. No se me escaparon las miradas secas, ni las preguntas venenosas que hacían algunos miembros de los jurados.

Los expedientes judiciales que elegí para sustentar no fueron los inicialmente deseados. La azarosa disponibilidad del banco me obligó a escoger dos submaterias bastante ajenas a mis gustos: la confusa servidumbre de paso a perpetuidad y la acción de inconstitucionalidad contra la Ley de Recursos Hídricos. Ésta última, en honor a la verdad, era una formal invitación al sueño baboso en formato cuaderno anillado.

Empecé a estudiarlos a fines de abril, de lunes a sábado. Tanto en las mañanas como en las tardes. Por las noches procuré relajarme realizando un sinfín de actividades banales. Sin embargo, aquellos intentos resultaron inútiles. Mi cerebro, gangrenado por las obsesiones, continuaba sumergido en la Constitución Política, en la Ley de Consulta Previa, en la construcción paulatina de mis futuros alegatos. Los domingos los aproveché para planificar el estudio de la semana entrante. La nota excéntrica ocurrió durante las madrugadas invernales, cuando saltaba de mi cama como un resorte bien aceitado, para ensayar la mímica.

Pero el camino recorrido hacia el título no estuvo libre de obstáculos. Mis lacerantes problemas personales y los violentos coletazos del surmenage, remecieron, en más de una oportunidad, mi deslucido cuerpo veinteañero. Afortunadamente, la impronta metódica que impuse a mi preparación, las ganas irrefrenables de alcanzar el objetivo trazado y el apoyo contundente de los que siempre me arropan, pesaron muchísimo más.

A las cuatro de la tarde de aquel frígido viernes, la presidenta del jurado agitó la campanita plateada: había sido aprobado por unanimidad. Una estruendosa algarabía se apoderó del ambiente. Las entusiastas muestras de felicitación y reconocimiento llegaron a raudales. Tardé un par de días en asimilar este suceso tan luminoso, tan gratificante, tan sensacional. Así fue como quedé expedito para escribir, con la mejor caligrafía posible, un nuevo capítulo de mi vida.

Días de feria

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Feria Internacional del Libro de Lima 2019. Imagen propia.

No tenía previsto escribir sobre la Feria Internacional del Libro de Lima 2019 (FIL). Mi estado de ánimo se mantenía cuesta abajo. Aunque, a veces, construir oraciones bajo la nebulosa del decaimiento, resulta, tiempo después, muy gratificante. Fue Carlos Eduardo, amigo cusqueño y lector impenitente, quien alentó la escritura de estas líneas. “Esperamos tu crónica de la feria”, comentó en una publicación que compartí en Facebook.

En esta oportunidad, el invitado de honor fue nuestro Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Nunca antes había ocurrido esto. Lo habitual es que los invitados de honor sean países latinoamericanos o europeos. Varguitas, visiblemente emocionado, inauguró el evento flanqueado por autoridades políticas y culturales. Pero el autor de Los cachorros no fue el único Nobel que nos visitó. También hizo su aparición el prolífico escritor chino Mo Yan, galardonado con el premio en 2012.

Sin embargo, un hecho insólito causó desagrado: la nula presencia femenina en la mesa inaugural. Craso error. Un combativo grupo de escritoras incendiaron las redes sociales exigiendo la participación de la mujer. Pregunto: ¿Por qué no estuvieron en esa mesa la Ministra de Educación y la Directora de la Biblioteca Nacional? ¿Fueron invitadas o alguien las marginó? La presión ejercida forzó a los organizadores a extender una disculpa.

Asistí seis veces a la feria. Las multitudes deambulaban en todas las direcciones, atropellándose, abarrotando los stands, buscando textos que los atrapen, que los conmuevan, que los hipnoticen. Multitudes ansiosas colmando las salas de conferencias. Multitudes ansiosas esperando el anhelado autógrafo. Multitudes delirantes esperando el selfie con su escritor preferido. Multitudes hambrientas atragantándose con los suculentos potajes.

En lo personal, no todo funcionó de maravilla. Tuve un problema con la adquisición de entradas digitales. Joinnus, empresa encargada del cobro, rechazó mis desesperados intentos de compra. “Señor César, es un problema de la página web, no de la tarjeta”, me aclaró un asesor bancario. Con el ceño fruncido, formé una inacabable cola para adquirir las entradas físicas.

El segundo inconveniente ocurrió con una novela política que compré. En el stand de El Virrey, mientras revoloteaba libros de ensayos, encontré Las maldiciones, escrita por la dramaturga argentina Claudia Piñeiro. Libro que cosechó muy buenas críticas en medios rioplatenses y españoles. Exultante, eché un vistazo al precio, calculé el descuento, pagué y acaricié el ejemplar como si fuese un trofeo.

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Un best seller sesentero que conseguí en la FIL. Imagen propia.

Lastimosamente, cuando llegué a casa, noté una falla en el producto: la novela contenía doce páginas en blanco. ¡Puta madre! Al día siguiente, hice el reclamo respectivo. El vendedor se avergonzó. Enseguida, le solicité un nuevo ejemplar del mismo título. “Sólo tenemos ese, joven”, me respondió una pálida librera. Entristecido, devolví el libro y me devolvieron el dinero.

Algo diferente sucedió con la novela Luro, de Luciana Sousa, escritora argentina integrante del Bogotá 39 2017. Encontré el libro por accidente. Luego de preguntar el precio, decidí esperar casi una semana para comprarlo a un monto asequible. Cuando retorné, olvidé el puesto donde estaba exhibido. Nunca más volví a ver esa novela. Mi lamento perdura hasta hoy.

Fuera de estos episodios, disfruté, tanto de las conferencias como de la apasionante búsqueda libresca. Meter las manos en las viejas estanterías, contemplar las coloridas tapas y contratapas; hojear asombrado los títulos seleccionados y aspirar el rancio aroma de las páginas amarillentas; dejaba una profunda sensación de gozo.

Lo más destacable de la feria fue, sin duda alguna, la magnífica exposición del universo Vargas Llosa. Una muestra que revelaba, al margen de sus controvertidas opiniones políticas, el esfuerzo infatigable, la admirable disciplina y el verdadero compromiso del literato con su oficio y la cultura de la libertad.

El crecimiento sostenido e impresionante de la FIL resulta innegable. Lima se está transformando, poco a poco, en un importante núcleo cultural de Sudamérica. Para 2020, cuando la feria cumpla un cuarto de siglo, el invitado de honor será Portugal. Otro mundo por descubrir. Hasta la próxima fiesta.